Yo que no sé nada de caminos, ni de machetes, ni de susurros de pájaros; solo escucho el suave viento pasar a tu lado y una voz ensordecida que desoye tu silencio, quebrando toda elocuencia, cortando todo hilo, asaltando todo espacio.
Yo que no sé nada de armaduras me deslizo en una cota hecha a medida, ni holgada, ni ajustada, a medida; una nueva piel, coraza inútil llena de sudor y saliva, fácilmente desarmable por el pensamiento que atraviesa tu mente.
Yo que no sé nada de pasos, de saltos, ni de corridas, huyo de mí, me escondo en la grieta para caer en el vacío de la noche, en el cielo sin estrellas y alucinar la mañana que despunta en tu clavícula desgarrando tu piel maltrecha de caminos, agotada de pasos.
Yo que no sé nada, me rehago en esta piel de metal y te doy la bienvenida a mi región salvaje.

